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Curador Simon Watson: Me he sumergido en las profundidades de Oswaldo Vigas

La primera vez que vio una obra de Oswaldo Vigas fue en la década de los sesenta, en el Museo de Arte Contemporáneo de Sao Paulo. Y Simon Watson, curador de arte canadiense, consejero cultural y experto en el mercadeo de obras latinoamericanas, dice haber quedado sumamente impresionado.

“Cuando observé aquella pieza, supe inmediatamente que había un poder y una energía en la obra de su autor”, cuenta Watson, quien reside entre la ciudad de Sao Paulo y Nueva York, y quien a partir de ese momento se dio a la tarea de indagar en el trabajo artístico del pintor, escultor y muralista venezolano que nació en Valencia, estado Carabobo, en  1926, y falleció el 22 de abril de 2014.

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El curador Simon Watson visitó el taller de Oswaldo Vigas para tratar de aproximarse al maestro

“Ahí estaba la energía de la línea, del trazo, de un verdadero maestro”, explica Simon Watson. “¡Es un Picasso de América Latina! ¿Cómo es que no hemos visto su obra en mi país?”, recuerda cuál fue su primera impresión el curador, quien, luego de 35 años de tarea investigativa, decidió aceptar la invitación de Yanine Vigas, esposa de Oswaldo, para trasladarse a Caracas, Venezuela, y conocer por fin la casa-taller del maestro, ubicada en la urbanización Los Dos Caminos.

Lo hizo porque sentía que era una tarea pendiente. Y también porque, cada vez que le ha tocado hablar acerca de la obra de Vigas en galerías y museos del mundo, siempre tuvo que responder con un “no” a  la insistente pregunta: “Simon, ¿has conocido el taller del artista? ¿Conoces el lugar donde hacía sus pinturas y esculturas?”.

 “Ya había perdido la posibilidad de conocerlo personalmente, porque había muerto, pero podía indagar entonces en su universo personal”, apunta el experto en arte, que el domingo 10 de diciembre llegó entonces a Caracas, y pudo ver (y tocar) sus brochas y pinceles, la paleta de colores que usó desde 1969 el ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas, sus caballetes, su colección de ídolos precolombinos y de máscaras africanas, las estampas japonesas que juntó durante años, objetos todos que terminaron por influencias su obra; los modelos usados para las esculturas y, por supuesto, un vasto grupo de piezas que nunca antes había tenido ocasión de disfrutar.

“Ahora conozco mejor a Vigas”, resume Watson su experiencia de estos últimos días junto a Janine Vigas. “Creo que ahora me he sumergido más en su océano, en sus profundidades. He visto los lugares donde se movía, donde pintaba, donde reposaba, así que de alguna manera he percibido su energía, su pasión y su angustia. He conocido no solo al artista, sino al hombre que está detrás de todas estas maravillas. Y mejor aún: al venezolano que fue. Ahora puedo decir que sí conozco las texturas de Oswaldo Vigas”, apunta el curador, que se encontró además con el trabajo muralista del artista plástico venezolano.

“La experiencia de estar aquí es en verdad invalorable. Visité, por ejemplo, el campus de la Universidad Central de Venezuela y ahí pude conocer el extraordinario y genial trabajo arquitectónico de (Carlos Raúl ) Villanueva. Y las piezas de arte que él incorporó en el campus son en verdad impresionantes. Ahí está (Fernand) Léger, (Alexander) Calder, y Oswaldo Vigas. Tomé cientos de fotos, porque es milagroso lo que puedes ver ahí adentro. Y eso me ha dado un conocimiento de lo que significó el arte en este país y me permite entender la dimensión de Vigas en el contexto de esta ciudad”, explica Watson, que jura estar más que convencido de que la obra del maestro Vigas “merece ser vista por el mundo”.

No importa que más del 40% de los negocios relacionados con el arte, advierte él, tengan su centro actualmente en la ciudad de Nueva York, en Estados Unidos. “Y aunque sea un mal hábito, es verdad que los neoyorquinos piensan que el gran arte está ahí. Y lo que no está aquí, no es arte. Es como si tuvieran una suerte de gríngolas. Por eso viajar hasta acá es, para mí, una verdadera oportunidad, porque me permite conocer más del artista, establecer puentes, y poder llevarlo hasta allá”.

Lo que más le atrae del maestro, asegura, es la exploración que solía hacer de ciertos temas. “Vigas no es uno de esos artistas que pasan cincuenta años reflexionando acerca de un tópico en específico. Él fue explorando uno, dos, tres y diez temas. En los sesenta podemos ver cómo explora el abstraccionismo mientras está en París. Más tarde se involucra con la mitología local de su país al regresar a Caracas. Y así va mostrando diversas facetas. Por eso yo suelo comparar a los artistas con los constructores de una casa. Hay algunos que se dedican a hacer ventanas. Otros a hacer puertas. Pero en el caso de Oswaldo Vigas, él construyó la casa entera. Y eso es precisamente lo que me maravilla de él. Que siempre mantuvo intacta su pasión para crear. Y se puede decir que es histórico, pero muy de hoy”.

Pero el tema vertebral de la obra de Oswaldo Vigas radica, para Simon Watson, en la creación de una mitología particular, “asociada, claro, con lo africano, con lo indígena, con lo ancestral” “Es como si se hubiera comido todas estas culturas y hubiera creado la suya en particular, y la hubiera grabado en piedra”. “Para mí, ese es el centro de toda su obra”, remata Watson, quien confiesa que, ahora sí lo puede decir con toda propiedad, tiene una obra favorita de Vigas.

“Es la Solariega, de 1967”. “No estoy diciendo que es la mejor, pero sin duda estoy enamorado de ella. Es mi preferida”, concluye. 

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El curador Simon Watson visitó el taller de Oswaldo Vigas para tratar de aproximarse al maestro

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