Alberto Asprino muestra las manchas de un país

Se encontraba en el centro de votación. Y al artista plástico y también curador venezolano Alberto Asprino se le ocurrió guardar en su bolsillo la servilleta que había usado para eliminar la tinta morada de su dedo meñique tras ejercer su derecho al voto. Y no solo la de él, sino la de otras personas que también habían asistido a la jornada electoral. Lo que no sabía él en ese momento era que aquellas tiras de papel se iban a convertir en la materia prima de su exposición Retratos indelebles, que inauguró el domingo 14 de mayo en la Galería Tresy3, ubicada en el edificio Sonora de la calle California, en Las Mercedes.

Sucede que en aquellas manchas moradas impresas en las servilletas, cuenta, comenzó a ver primero paisajes y luego figuras antropomórficas. “Y entonces empecé a establecer relaciones con los paisajes de Armando Reverón y con el trabajo del francés Yves Klein”, explica Asprino refiriéndose al artista neodadaista, quien solía untar los cuerpos de sus modelos con pintura azul y, acto seguido, montado sobre una escalera, les indicaba cómo debían acostarse sobre el lienzo.

“Pensaba en eso: en la forma en que el cuerpo manchado deja una impronta sobre una superficie, una impronta del ser, muy relacionado además con el disfrute del cuerpo sobre la tela”, añade Alberto Asprino, que está más que consciente de que esas emociones iban a ser totalmente distintas en el caso de las personas que eligen a un actor político por medio del sufragio. Emociones vinculadas tal vez a la esperanza. Quizás a la angustia. Acaso a la rabia y, por qué no, a la libertad.

De cualquier manera, se trataba, según él creador venezolano, de un acto relacionado con la memoria, tema que siempre le ha interesado. “Votar es ciertamente un hecho histórico, pero que realizas en un momento y al día siguiente se convierte en registro de memoria. En 2012, que fue cuando yo comencé a guardar las servilletas, la elección era entre (Hugo Rafael) Chávez y (Henrique) Capriles Radonski, y ya las emociones eran distintas a las de las elecciones anteriores. Porque antes las elecciones eran más ingenuas y quizás hasta festivas. Ahora son más viscerales y descompuestas. Así que comencé a pensar en eso y en cómo la mancha que quedaba en la servilleta después del acto de votación terminaba convirtiéndose en retrato de una circunstancia y hasta en retrato de una persona”.

En retratos, sí. Porque hay quien jura ver cuerpos en las salpicaduras de tinta. O rostros. Y hasta miembros superiores e inferiores. Por esa razón fue que Asprino decidió en esta ocasión colocar algunas de sus piezas en portarretratos. Y el resultado, comenta, no solo lo sorprendió, sino que terminó por confrontarlo.

“Hay gente que cree ver el rostro de un soldado. Hay personas que juran ver los ojos de Chávez. Pero hay también quien opina que las manchas semejan a las de los test de Rorschach. Lo interesante es que la reflexión política comenzó a sumarse como contexto. Así que se podría decir que las manchas ya no son las mismas que hace diez años, porque las circunstancias de cada quien, y las del país mismo, cambiaron radicalmente. Y entonces volvemos al tema de la memoria, que es una cuestión de segundos, porque el país cambia con una gran celeridad”.

Para Asprino, quien tenía cinco años sin exponer, y quien había trabajado sobre todo con la memoria de los objetos y no precisamente a través del soporte de la fotografía -que, explica, le permite restarle al objeto lo obvio y centrarse entonces en los acercamientos emocionales-, las piezas (las manchas), “terminaron convirtiéndose en detonantes, en el sentido simbólico”. "A ratos encuentro en ellas un rechazo, porque me confronta con esa visceralidad de lo que estamos viviendo. No lo puedo evitar", remata.